Cristo
resucitado, me atrevo a ponerme en tu
presencia para que me llenes de Ti y del
gozo de tu triunfo sobre el mal y la
muerte.
Creo firmemente en tu presencia
renovadora, pero aumenta mi pobre fe.
Confío que eres Tú quien me guiará en
esta meditación y en toda mi vida para
vivir como un hombre o mujer nuevo(a).
Enciéndeme con el fuego de tu amor,
para que me entregue a Ti sin reservas y
quemes con tu Espíritu Santo mi
debilidad y
cobardía para darte a conocer a
mis hermanos.
Enséñame, Cristo resucitado, a
descubrirte, para ser un instrumento de
tu amor,
a buscar las cosas de arriba y a
gozar de tu presencia a lo largo del
día.
Transfórmame, como
a los primeros discípulos, en un apóstol
convencido de tu resurrección, capaz de
darlo todo por Ti.

1. «Mujer,
¿por qué lloras?»
Las horas amargas del calvario han
dejado una huella profunda en los
discípulos.
Aflora en ellos la
duda, el desencanto. Les viene el deseo
de regresar al pasado, de no haberse
encontrado nunca con Cristo,
de no haberle
nunca entregado su amor.
Quizás el prototipo de estos momentos de
soledad y abandono es María Magdalena.
Ella había
cambiado radicalmente su vida para
consagrarse completamente al amor de
Jesucristo, y sin embargo,
ahora no lo
encuentra. Llora desconsolada. Cristo se
le aparece bajo la forma del jardinero y
pregunta...
A nosotros también nos ocurre que el
Señor se nos “esconde”, no lo hallamos
con la facilidad de antes,
y podría tocar a
nuestra puerta el llanto, la desazón...
Pero es necesario abrir bien los ojos.
María todavía no
tiene una fe plena en su Señor. Él ha
muerto, y parece que todo ha
terminado... ¡Lo tiene delante y no lo
reconoce!
¿No nos sucede a nosotros otro tanto?
Cristo está delante de nosotros en esa
situación difícil, en ese fracaso
aparente,
en las pequeñas
cruces de todos los días. Y nos
pregunta, nos grita de mil maneras
diversas,
¿por qué lloras?
¿No te has dado cuenta que he resucitado
y estoy contigo para siempre?
Nos resulta urgente abrir los ojos de la
fe. Cristo no acostumbra aparecer como
Yahvé en el Antiguo Testamento.
No hay rayos ni
temblores. Jesucristo resucitado no
quiere que le tengamos miedo y opta por
lo sencillo.
¡Cristo camina con
nosotros en lo cotidiano! Jesucristo se
nos quiere manifestar en el trato con la
familia,
en la relación con
el compañero de trabajo, la vecina, el
cumplimiento del deber cotidiano.
¡Lo tenemos
delante de los ojos, pero muchas veces
no queremos descubrirlo!
Da la impresión,
en ocasiones, que conocer a Cristo sería
más “fácil” si pusiera requisitos más
complicados ...
pero a Cristo se
le conoce en la humildad de lo ordinario
vivido de modo extraordinario.
“¡Levántate tú que duermes, y te
iluminará Cristo!” nos anuncia la
liturgia pascual.
Pero podríamos
decir también, levántate tú que estás
abatido, triste, confundido, y sal al
encuentro del Resucitado.
Él ha olvidado ya
tu pasado, tus traiciones e
infidelidades. Él quiere secar hoy tus
lágrimas.
Es por eso que,
como con María Magdalena, quiere iniciar
contigo ahora un diálogo de corazón a
Corazón...

2. «Si tú
te lo has llevado...»
María Magdalena es una mujer que ama
profundamente a Jesucristo. Impresiona
que un enamorado
sea capaz de
ciertas “locuras” para agradar al amado
y disfrutar de su presencia.
El amor, cuando es
auténtico, es donación, y su único
límite es no tener límites.
Este amor que no conoce obstáculos lleva
a esta mujer a decir cosas que, a simple
vista,
pueden parecer
delirios o incluso acusaciones sumamente
comprometedoras.
Primero le insinúa
al jardinero que ha sido un profanador
del sepulcro de Cristo:
“si tú te lo has
llevado, dime dónde lo has puesto...”
Ella no está buscando culpables,
sino que pide
ayuda a quien sea. Su interés está en
recuperar al amor de su vida que se le
ha escondido.
No reprocha, no
reclama, simplemente suplica:
“¡Oriéntame para encontrar al Maestro!”
¿También
nosotros acudimos con ese interés a
nuestra dirección espiritual, a los
sacramentos?
¿Le pedimos a la
Iglesia, a sus ministros, con verdadero
interés, que nos muestren dónde está el
Cristo vivo?
¿O nos hemos
acostumbrado a su presencia silenciosa
en la Eucaristía y en los hermanos?
Pero el amor de la Magdalena la empuja a
más: “...yo lo recogeré”.
¿Cómo podrá una
mujer sola cargar una cierta distancia
el cuerpo de un hombre de 33 años,
con la musculatura
propia de un carpintero y peregrino, de
un hombre-Dios que pudo expulsar Él solo
a los mercaderes del templo?
A la Magdalena,
nuevamente, no le interesan las
dificultades: su amor la empuja a
vencerlas.
En nuestra vida también hay enormes
dificultades y algunas nos parecen
incluso imposibles.
Sin embargo, el
amor de un alma convencida se crece ante
la adversidad. Su amor es tan intenso
que, de un cierto modo,
le descubre que
Cristo resucitado está a su lado. Sólo
le interesa encontrarlo, poseerlo y
darse a Él sin medida.

3.
«¡María!»
Cristo resucitado se conmueve ante el
amor desinteresado y fiel de la
Magdalena y la llama por su nombre.
No puede seguir
ocultándose y se le descubre. Y es que
un amor así, a pesar de nuestras
debilidades pasadas,
conmueve a nuestro
Señor hasta lo más profundo de su ser y
se siente “desarmado”, no puede no
corresponder a nuestro amor.
Jesús ha vencido al mal – incluso el que
nosotros hemos cometido –, y nosotros
hemos triunfado con Él.
La Magdalena se
postra ante Él, y Él la llena del gozo
de su resurrección, como quiere
llenarnos a nosotros en este rato de
oración.
Sólo basta
perseverar en la prueba y pedir su
gracia, buscar para encontrarlo.
Pero Cristo Resucitado nos muestra que
Él no se deja ganar en generosidad.
María Magdalena no pensaba encontrar más
que un cadáver,
y sin embargo,
Cristo se le muestra con su cuerpo
glorioso, vivo para siempre. Animados
por esta confianza,
debemos también
acercarnos con una disposición de
entrega a Jesucristo, para pedirle que
nos ayude a vencer al hombre viejo,
a vivir como
hombres o mujeres nuevos...
La resurrección obra una auténtica
transformación en la Magdalena. Ya no
llora.
Ahora es enviada
por Cristo a anunciar el gozo de su
triunfo: “Ve y dile a mis hermanos..”
¡Por primera vez
en el Evangelio Cristo nos llama
hermanos suyos! ¡Se ha realizado la
filiación divina:
somos
verdaderamente hijos adoptivos de Dios y
hermanos de Cristo! Y como tales,
participamos de su misma misión...
La resurrección no
podemos guardarla en el baúl de los
recuerdos, sino anunciarla a los cuatro
vientos como María Magdalena,
de manera que
muchos otros hombres y mujeres se
conviertan en apóstoles convencidos del
Reino de Cristo.
María Magdalena sale a dar testimonio de
la resurrección, pero su amor no le
permite sólo rezar y dar ejemplo
con su vida
virtuosa para que los demás conozcan a
Cristo. Ella siente la necesidad,
esencial a nuestra vocación cristiana,
de hacer algo,
hablar, predicar, atender, ayudar, etc.,
todo lo que pueda, para dar a conocer el
amor de Cristo al mundo.
FUENTE....